ESA MALDITA PREGUNTA
Existe una frase fatídica. Que cuando se la cita es proclive a provocar las más siniestras catástrofes. En los momentos menos propicios se la suele acuñar y, a pesar de tratarse de un ruego, de una súplica, su sola pronunciación trae aparejada las más inesperadas consecuencias.
Hay momentos que por sí solos son malos, desastrosos, pero no contentos con eso solemos preguntar, generalmente con los brazos en cruz y dirigiendo la mirada al cielo: ¿Qué más puede pasar? Y por regla de causalidad, algo pasa.
Cuando los militares estaban en el poder, aplicando todas las violaciones a los derechos humanos por imaginar, alguien se preguntó ¿Qué más puede pasar? Y nos llevaron a una guerra.
Cuando Bielsa estaba en la selección, practicando el fútbol ese que a él solo le gusta, todos nos preguntamos ¿Qué más puede pasar? Y ahí nomás convocó a Cruz.
Cuando Tinelli nos tenía las bolas llenas con Cantando por un Sueño, atentando todos los días contra el arte, la pregunta generalizada fue: ¿Qué más puede pasar? Y empezó Bailando por un Sueño (o la tragedia fue al revés, primero Bailando y después Cantando, no recordamos, gracias a Dios).
Ejemplos hay innumerables. Tanto en la vida pública como privada. A todos nos ha pasado (por lo menos es nuestra teoría). Cualquiera puede, seguramente, aportar una experiencia al respecto.
Nosotros íbamos caminando ayer por la calle. Veníamos de una de esas citas a las que las mujeres nos tienen acostumbrados (o sea, nuevamente nos habían dejado plantados). Y la secuencia de los hechos que se desencadenaron fue digna de Stephen King: En primer lugar se nos quedó la camioneta, tuvimos que empujarla (tuvimos no, el Sordo y el Tecla, el Enano cantó primero “yo manejo”) como 3 cuadras. Cuando al fin arrancó nos interceptó una de esas patotas que tanto suelen frecuentar la noche y, no contentos con llevarse nuestros objetos personales, se descargaron sobre nuestros esculturales cuerpos (esos tipos deben ahorrar bastante en psicólogos, canalizan bastante bien su ira). Al Tecla, desde el piso, se le ocurrió gritar: “No me peguen, soy el Tecla”. ¿Para qué? Uno en particular se encarnizó con él (parece ser que era novio de una chica que nos había enviado su pic, y estaba preso de los celos). 7 u 8 patadas más adelante, los muchachos decidieron retirarse. Cuando nos incorporamos, media hora después, vimos que encima, nos habían afanado la camioneta (la muy guacha parece que les arrancó de una). Lentamente caminamos las 27 cuadras que nos separaban de la casa del Polaco. Como siempre, tratábamos de ponerle onda. El Sordo nos decía: “Vieron, búsquenle el lado positivo. No teníamos un carajo para contar en el flog, y ahora tenemos” Lo miramos. Realmente no teníamos fuerza para pegarle.
Al llegar a 2 cuadras de lo del Polaco, se nos ocurrió parar en la YPF para comprar rolito. Para amenizar el trago que nos íbamos a preparar y para bajar la hinchazón de nuestros rostros. Cuando íbamos a pagar nos dimos cuenta que hasta nos habían llevado el canuto de la media del Enano que teníamos para cambiar el monitor. Entonces sucedió: El Tecla lo dijo mientras llegábamos al kioskito para manguearles unas Speed a Don Antonio: “¿Qué más nos puede pasar?” Don Antonio, gallego querido y respetado por nosotros nos atiende y dice: “Spí no tengu, peru traje esta otra que me han dichu que es mejor” mientras nos ofrecía unas latas que, dicen, te dan alas.
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